Carta abierta a D. Jorge Vilches García

Viernes 23 de diciembre del 2011. El articulista Jorge Vilches escribió recientemente este artículo en “Libertad Digital”, en el que acusa al Carlismo de ser el enemigo de la libertad en España. En respuesta al mismo se publica esta carta abierta:

 

Muy Sr. mío:

He leído su documentado artículo, publicado en Libertad Digital que demuestra la permanente oposición del Carlismo a la libertad. En rigor: a lo que  Vd. denomina libertad sin serlo.

Todo lo que dice es verdad. Y nos honra a los carlistas.

Porque los carlistas llevamos casi dos siglos luchando contra el liberalismo; no contra la libertad.  Vd. es de los muchos que se han dejado engañar por el liberalismo. Se ha tragado el mito de que es la libertad, cuando no es más que la tiranía disfrazada de libertad.

La Revolución, que es el otro nombre del liberalismo, en España ha sido liberticida desde su aparición. Ha empleado el engaño, la mentira  y la violencia desde su aparición. Y los sigue empleando hoy. Ejemplo: su artículo que no miente en los hechos, pero sí en atribuir al liberalismo la libertad.

Por no alargarme demasiado voy a considerar un momento crucial de la historia de España. En los años siguientes a la Revolución de septiembre de 1868, se iniciaba el levantamiento carlista de la Tercera Guerra. Recordemos que, tras el triunfo liberal de 1839, España había sido un continuo caos. Tuvo que soportar la lucha a muerte entre las diversas facciones liberales por el poder. Durante treinta años se mantuvo ajena al progreso. Cuando algo se avanzaba era porque gobernaba dictatorialmente un militar. Cierto es que los carlistas se mantenían ajenos al sistema imperante dispuestos a combatirle en la primera ocasión. Pero no menos cierto que eran los liberales quienes gobernaban a base de algaradas y pronunciamientos.

Los mismos liberales que habían vencido a los carlistas en 1840, echaron a Dª. Isabel. Ofrecieron la Corona, que dignamente rechazó, a D. Carlos VII. El Rey Legítimo quería ser un defensor de la verdadera libertad y no una tapadera para que en nombre de la misma gobernasen las oligarquías.

Muchos defensores de Dª. Isabel engrosaron las filas carlistas. En D. Carlos VII veían la solución a tantos años de desorden y mal gobierno. Volvieron a levantarse los carlistas en defensa de verdadera libertad que concretaban en su trilema de Dios, Patria-Fueros y Rey.

Señor Vilches, Vd. como historiador seguro que conoce los siguientes párrafos que reflejan cómo vio Cánovas el levantamiento carlista de 1872.

Relata que, el día 16 de julio de 1873, Virgen del Carmen, se dirigía por Elizondo a la frontera a través de un territorio ya dominado por los carlistas: 

“…apareció una mujer, que cuesta arriba venía gritando:” ¡Ya está ahí y ha comulgado!”. A las preguntas de los viajeros, sorprendidos por aquellas voces, cuyo sentido ignoraban, respondió frenética la mujer: “Es Carlos VII, que ha comulgado al llegar”.

El “¡ha comulgado! ¡Ha comulgado!” de la buena mujer, quería decir: este que viene ahora a mandarnos comulga como nosotras, como nuestros maridos, y nuestros hijos, y los otros, los de Madrid, no; bienvenido sea, pues, a esta tierra. No es otra para mí la idea que ha levantado ahora a los vascongados a favor de D. Carlos, y en contra del actual gobierno de España”.  

Más adelante juzga la política de los gobiernos liberales:

´´ ¿Qué han tenido en cuenta ellos de lo que importa al bien de la patria? Por eso se han complacido en atentar a la libertad religiosa, y en exacerbar, en vez de armonizar, todas las antinomias existentes entre las distintas clases, o las diversas provincias de la nación.

¡Ah! ¡Si hubiesen ellos presenciado lo que es el levantamiento de una “facción” en las provincias vascongadas! Sus ojos, de sobra acostumbrados a toda acción violenta y rebelde, habrían contemplado un espectáculo singular e inesperado. No son, no, turbas famélicas, concupiscentemente enamoradas de los bienes ajenos, las que allí se congregan en casos tales; ni se escuchan allí gritos desordenados y salvajes, ni siquiera se oyen conversaciones ociosas. Ningún padre esconde cobardemente a sus hijos, antes bien le saca de la labor él mismo, trayéndole a recoger las enmohecidas armas. Ninguna madre, ninguna hermana, ninguna novia llora, cuando el viejo y destemplado tambor bate la marcha. Todo el mundo parece en tal ocasión tranquilo, grave, resignado o convencido de que está cumpliendo con un deber.

Por contrarios que seamos a la causa que defienden, ¿cabe desconocer que hay mucho en eso que merece respeto, y no poco, de grande?

Sabed, los que tanto habláis del reino de las ideas, y de la soberanía de los principios sobre las cosas reales, que esos enemigos vuestros son hombres de ideas también: gente que, de veras y no de burlas, antepone su convicción, su fe religiosa, a todo material interés y a todos los sentimientos mundanos……….Vedlos ahí exponiendo todo por una idea, hasta sus privilegios históricos. Aprenderéis al fin, que la idea de Dios es más fuerte que todas vuestras elucubraciones confusas en el orden de la vida.

Cualquiera reconoce a la simple vista que tales turbas son mucho más civilizadas que las que en otros días aplaudieran, pues ya ni siquiera ellas aplauden, las tristes predicaciones de la demagogia española”.  

Veamos cual es el juicio de Cánovas sobre los enemigos del Carlismo. Sobre los mismos que para el Sr. Vilches personifican la libertad:

“Pero hay que reconocer, a la par que no es menos irritante, el que unos cuantos sujetos, ganosos de ostentar la fácil sabiduría que basta para hacer menosprecio de las creencias seculares, insulten la fe unánime de esas mismas provincias y de la inmensa mayoría de las demás, derribando, usurpando, declarando mercancía del Estado sus altares, intentando hasta profanar los sepulcros de sus padres y de sus madres.

Si el fruto da a conocer el árbol, mal árbol debe ser el que no engendra sino impotentes y eternas y desoladoras guerras civiles; malísimo aquel que no alcanza otro fin político que una anarquía permanente y el decaimiento sin ejemplo de la patria, ni otro fin teórico que apostasías plausibles y honradas (¿)”.

En ese mismo escrito vierte el siguiente juicio sobre los Fueros:

“Por descontado, que nada de lo que acabo de decir sobre los privilegios (en contra de ellos), se extiende a la autonomía local, al peculiar régimen administrativo, al organismo interior, en fin de ninguna de las tres Provincias vascongadas. Lejos de desear que desaparezcan de allí instituciones semejantes, querríalas (sic)  yo comunicar, si posible fuera, al resto de España. Las libertades locales de los vascongados, como todas las que engendra y cria (sic) la historia, aprovechan a los que las disfrutan, y a nadie dañan, como no sea que se tome por daño la justa envidia que a otros excitan”.

Fue  Cánovas  quien realmente venció al Carlismo en 1876. Sin embargo expresó los juicios que anteceden en el prólogo de la obra “Los Vascongados” de D. Miguel Rodríguez Ferrer  publicada en 1873, cuando iba prendiendo el levantamiento carlista. Inconsecuente, como todo buen liberal, aunque sea conservador, sus posteriores actos de gobierno no tuvieron nada que ver con lo que poco antes había escrito.

Lo que Cánovas decía del Carlismo en 1873, podría hacerse extensivo a todos los momentos de su historia. De una historia que Vd. Sr. Vilches, tiene que conocer muy bien, pero que no ha sabido comprender. La lucha del Carlismo ha sido una permanente reclamación de la auténtica libertad por parte de lo más selecto del pueblo español. 

Esa es la consecuencia que se puede sacar de se artículo, Sr. Vilches. Si Vd. no lo ha visto así lo sentimos mucho.  Se le puede aplicar lo que dice la Escritura sobre los que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. O lo que decía uno de mi pueblo a su vecino: ¡que Santa Lucía te conserve los pulgares, porque la vista la tienes perdida!

Deseándole una Feliz Navidad y próspero Año Nuevo, se despide:

Zortzigarrentzale”

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