El liberalismo: pecado y desastre

martes 10 de abril del 2012. Recientemente en un boletín de una publicación religiosa he visto una recensión de la obra “El liberalismo es pecado” de D. Félix Sardá y Salvany, cuya primera edición data de 1885. Por contra ha aparecido un libro titulado “El liberalismo no es pecado”.
Leí la obra de Sardá con dieciséis  años. Las ideas en ella expuestas las grabé en mi mente y no me han abandonado. Una argumentación impecable demostraba lo que el título decía.
Sin embargo, el conocimiento, a través de lecturas, de las luchas que en el final del siglo XIX se desarrollaron entre carlistas y católicos “reconocementeros” (los que habían aceptado la dinastía usurpadora) me llevó a la consideración si los nuestros habían actuado acertadamente insistiendo en sus propagandas en que “el liberalismo es pecado”. Afirmación que perdía casi toda su fuerza ante los hechos de que la Iglesia (Secretaría de Estado, Jerarquía española) pactaba con un estado liberal. Tuvo que ser más eficaz la labor de los escritores carlistas que, ateniéndose a los hechos, insistían en el desastre a que nos llevaba la restauración liberal. Y en ese aspecto de la verdad se deberían haber volcado nuestras propagandas.
Porque repetir que el liberalismo es pecado costaba muy poco esfuerzo. Es algo que debería haber apartado a todo católico de los partidos liberales, aun de los moderados. Pero en los partidos liberales militaban multitud de católicos irreflexivos, cuyos intereses políticos y materiales oscurecían su mente.
El liberalismo es pecado. Lo era en el siglo XIX, lo ha sido en el XX, lo es hoy y lo será hasta la consumación de los siglos.
Ahora bien: me da la impresión  que proclamar esa verdad corresponde a la Iglesia Jerárquica. No a nosotros, los políticos seglares, Si la Iglesia Jerárquica no lo hace, la responsabilidad recae sobre sus miembros. Ellos sabrán los motivos que tienen para callarlo y pactar con regímenes políticos liberales.
En tal situación a los carlistas nos corresponde insistir en la realidad de que el liberalismo es, ha sido y será un desastre para España. No podía ser de otra manera. Una doctrina errónea, contraria a la Ley de Dios, en su aplicación no puede ser sino fuente de toda clase de males para el país al que se aplica. Lo tenemos a la vista en España. Y que no se nos diga que esto no es liberalismo. Lo es aunque en su aplicación se conculquen con mucha frecuencia las afirmaciones primarias del liberalismo. No nos vale que los que celebran el segundo centenario de la “Pepa” pongan el grito en el cielo ante los desmanes del socialismo gobernante. El “no es eso” ya lo dijo Ortega y Gasset hace ochenta años. Y nosotros desde entonces contestamos: “sí es eso, ¿por qué habría de ser de otra forma?”
Leo que un personaje inglés dijo del liberalismo: “es un conjunto de ideas, unas buenas y otras originales; las buenas no son originales; las originales no son buenas”. En efecto: el mal en estado puro no existe. Tiene que estar adherido a algo bueno. Eso bueno es lo que le permite al liberalismo subsistir. Pero no es algo original suyo. Lo que el liberalismo ha aportado de bueno a la civilización europea lo compartimos todos; no es exclusivamente suyo. En sus innovaciones, en lo que tiene de original, está su maldad.
En estos días tenemos a la vista los efectos del liberalismo en España. Por un lado ha dado lugar a que gobierne un partido que se ha dedicado a arramblar con todo lo que ha podido dejando al Estado, autonomías y ayuntamientos en la ruina. Le ha sustituido otro partido que se ha visto obligado a imponernos recortes y subidas de impuestos. El partido primero, desde la oposición, critica al segundo por las medidas que ha adoptado, a lo que le ha obligado él mismo. Y el partido segundo acepta resignado tan desairado papel mientras los otros disfrutan de lo robado. Mayor absurdo no puede darse. Eso trae el liberalismo.
El expolio ha sido más descarado en Andalucía. Se celebran unas elecciones de las que se esperaba un cambio en la gobernación y ¡sale vencedor el mismo partido! Andalucía arruinada sigue en manos de sus expoliadores, sin remedio. Eso trae el liberalismo.
No tenemos derecho a la protesta. Eso es lo que el pueblo ha querido. Resultando que el pueblo ha querido lo que más le perjudica. Eso es el liberalismo.
El liberalismo es pecado. Pero como políticos que somos ataquémosle por sus consecuencias en el campo político: EL LIBERALISMO ES LA RUINA DE ESPAÑA.
Carlos Ibáñez Quintana. 
   

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