Sobre las declaraciones de Doña Sofía de Grecia

09.12.08. Leemos en “La Gaceta de los Negocios” (31-10-08) y copiamos:

¿Tiene derecho la Reina a decir lo que piensa?

1. la función de la Corona.
La Corona es la personificación y el símbolo de la patria común, tanto en el espacio (todo el territorio nacional) como en el tiempo (el pasado, el presente y el futuro). La Corona tiene un aspecto de enorme importancia práctica: está por encima de las querellas de los partidos políticos.

A quienes aprendimos a gritar “¡Viva el Rey!” en nuestra niñez, imitando a los mayores que morían en los frentes con ese grito en la boca, lo copiado no nos sabe a nada. Algo así como la cerveza sin alcohol. Ni siquiera eso; pues dicha bebida al menos refresca cuando está fría.

La Corona no es la personificación de la patria común. Aunque vaya junto a la Patria (“Dios, Patria y Rey”) en la manifestación de nuestros amores; es otra cosa. Si es “personificación” no puede ser “símbolo”. Y lo fundamental de ella no es el ser símbolo.

La Corona es un poder actuante en la gobernación de la Patria para el bien común. Mucho más que un símbolo. Por un símbolo no se muere como murieron aquellos requetés a quienes los pelayos rendíamos honores militares con nuestros fusiles de madera.

Si la Constitución nos priva de un Rey que gobierne, las consecuencias las está pagando España.

La Corona está por encima de las querellas de los partidos políticos. Pero los temas en los que Dª. Sofía se ha manifestado están por encima de las discrepancias de los partidos. Ante ellos no hay querella posible, al menos no debería de haberla. Cuando la Ciencia ha dicho que abortar es matar, esa es la última palabra. El que haya llegado a ser objeto de discusión es prueba de lo absurdo del sistema que nos gobierna y de la ceguera tanto de quienes lo plantean, como de quienes lo aceptan como motivo a debatir. Lo mismo podemos decir de las otras cuestiones como el “matrimonio” de homosexuales y la eutanasia.

A la vista de los hechos nos reafirmamos en la opinión, secular entre los carlistas, de que la monarquía en que el Rey no gobierna (este engendro liberal que llaman monarquía constitucional) es un mal. Al frente de los estados tiene que haber un gobernante, no un símbolo. Si ese gobernante se determina por herencia familiar, tendremos una monarquía. Una monarquía de verdad, de esas que animan a sus súbditos a gritar “¡Viva el Rey!” y a morir con ese grito en los labios.

Si el gobernante cambia periódicamente y se determina por elección tendremos una república, como en los EE. UU.

Lo absurdo es que tengamos un personaje al que se llama Rey y a la vez cada cuatro años haya que elegir como gobernante efectivo a un desconocido que puede ser un incompetente como el que tenemos en este momento.

Poniendo entre paréntesis de la ilegitimidad de origen de D. Juan Carlos, estamos convencidos que gobernaría mucho mejor que lo que lo han venido haciendo los presidentes que hemos padecido desde la llegada de la democracia. Prueba de ello es que sus mismos panegiristas lo llaman “el motor del cambio”. Luego ha actuado y no se ha limitado a quedarse en mero símbolo.

Dentro de haber actuado mal, de habernos llevado al caos que padecemos, él nunca habría cometido errores como el sentarse al paso de la bandera americana y andar por los foros internacionales haciendo chistes sobre los gobernantes de otros países. Y de que su permanencia en el cargo y la experiencia recibida de sus mayores le otorgan algo de lo que carecen los elegidos, es prueba que a él se recurre para arreglar cuestiones diplomáticas deterioradas por éstos.

Las opiniones manifestadas por Dª. Sofía nos hace creer que son compartidas por toda la familia. Si la Constitución hubiera hecho posible que se tradujeran en hechos, hoy no tendríamos en España la iniquidad del aborto: un millón de niños muertos antes de nacer. Y es que, en sí mismo, es el mayor de los absurdos, como lo venimos denunciando los carlistas, que se ponga al frente de un país a una persona a la que se declara irresponsable y a la que no se permite adoptar ninguna medida correctora cuando la “res pública” va al desastre. España se deshace, la corrupción impera, la familia es atacada, la enseñanza no funciona, los ricos lo son cada día más y los pobres lo mismo, …¿Para qué seguir? Y aquí nadie hace nada por evitarlo. Y la misma persona en la que el pueblo (movido por una tradición secular) confía como máxima expresión de la justicia, no hace nada, ni podría hacerlo aunque quisiera.

Y no podemos terminar sin hacer referencia a la airada reacción de gays y lesbianas. ¿No son demócratas? ¿No es la libertad de expresión uno de los fundamentos de la democracia? ¿No se expresan ellos cuando y como quieren sin reparar si ofenden los sentimientos de los demás? Volvemos a los de siempre. A lo que tantas veces venimos manifestando: es el comportamiento de quienes más blasonan de demócratas, la mejor prueba de la que democracia es mentira.

LO QUE DIJO Dª SOFÍA A PILAR URBANO

De los comentarios surgidos por lo que Pilar Urbano dice que le dijo Dª. Sofía, nos hemos fijado principalmente en las opiniones de los más leales a la titulada Casa Real.

Coinciden en que lo que la periodista atribuye a Dª. Sofía, no debería haber sido publicado. Que la Casa Real debe tener exquisito cuidado en no molestar a parte de sus súbditos. Alguno de ellos, como Alfonso Ussía, ha emitido juicios muy desfavorables sobre la credibilidad que merece la escritora.

¿Quiénes se han molestado por las opiniones manifestadas? Precisamente aquellos que más presumen de demócratas. Pero, si no nos equivocamos, la libertad de opinión, de que alardean, no consiste solamente en expresar libremente lo que uno piensa, sino que comprende el no sentirse ofendido cuando otros se expresan libremente. Esta asignatura, es algo que los demócratas, en su inmensa mayoría, tienen pendiente.

En el contraste de pareceres ha quedado al descubierto lo absurdo de lo que llaman Monarquía Constitucional. Sus propios defensores nos la presentan como una institución que debe conservar su prestigio y el amor a sus súbditos a base de no hacer ni decir nada. Porque si hace y dice, no faltará quien se sienta ofendido y ello va en su perjuicio. Lo ha dicho bien claro el portavoz del PP:

La Monarquía es como una bandera y las banderas no hacen declaraciones.

Inmediatamente se ha visto obligado a rectificar porque contra él se han echado hasta los de su mismo partido. Y si examinamos bien la respuesta, es eso mismo, y no otra cosa, lo que sus seguidores esperan de la Monarquía Constitucional. Pero claro: lo más rechazado en este sistema, que carece de principios, es la verdad misma. La verdad en todos sus aspectos.

Nosotros, los carlistas, queremos un Rey que gobierne. Y eso por los beneficios que ello reporta a los gobernados. El ideal viene en el Salmo 71:

Dios mío, confía tu juicio al rey,/(…) Que él defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos del pobre/y quebrante al explotador

Aún a riesgo de que en ocasiones se equivoque. De que las decisiones que adopte en su deber de velar por el bien común, causen disgusto a la parte perjudicada. No hay más remedio de que sea así. Quien esto escribe se pone en el caso de que una decisión del Rey le sea desfavorable. No por eso disminuiría la lealtad que se le debe de profesar y el cariño que se debe de sentir.

Y es que quienes nos hemos formado en los principios de la sana filosofía, admitimos que la justicia está por encima de nuestras conveniencias. Que podemos estar equivocados en nuestros juicios.
No así los liberales. Para ellos no existe la Verdad, sino la opinión de cada uno. Les han dicho que por encima de cada uno de ellos no hay nadie. Por eso es imposible el diálogo entre ellos. Mejor dicho; dialogan. Pero no para confluir en una verdad, sino para llegar a un consenso de intereses materiales. Para ello no se apoyan en argumentos, que el adversario nunca escucha, sino en la fuerza que suponen los votos.

Es lógico que, en esa guerra civil incruenta y permanente, en que vivimos, no encuentren los liberales otro camino para preservar el prestigio de la monarquía, que mantenerla en constante hibernación
Volvamos la lo que dice San Agustín en “La Ciudad de Dios”:

“Dos amores construyeron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio a Dios hizo la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad del cielo. En una los gobernantes son dominados por la pasión de dominar sobre los hombres, en la otra todos son servidores del prójimo en la caridad, los jefes velando por el bien de sus subordinados y éstos obedeciéndoles”.

Lo carlistas, conscientes de la verdad contenida en este párrafo, amamos a nuestros reyes, hasta el punto de dar la vida por ellos, como lo hemos demostrado a lo largo de nuestra historia bisecular.

Los gobernantes, y el Rey debe de serlo, tienen por misión la importantísima de promulgar leyes justas y hacerlas cumplir.

Sepades que por el cargo de la justicia e gobernación que yo tengo por Dios encomendada en estos mis reinos…..

En éstos términos se dirigía D. Enrique IV de Castilla, en 1457, a los Parientes Mayores de Guipúzcoa que promovían una auténtica guerra de bandos. Que se impida al Rey cumplir su sagrada misión, es el mayor mal que se puede infringir a un pueblo. Con toda seguridad que los entonces castigados por el Rey (destierro a Andalucía a luchar contra los moros) les disgustó la decisión del monarca. Pero en el resto de los guipuzcoanos quedó un agradecimiento, por la justicia impartida, que contribuyó a reafirmar la idea de que el Rey y su institución eran beneficiosos para su pueblo. Idea de la que nace el prestigio de la Corona y que incluso hoy, a pesar de que se la ha convertido en un mero símbolo, hace que, ante las injusticias de los políticos, el pueblo ponga su mirada esperanzada en el Rey.

A un político de PP, que trataba a D. Juan Carlos como Rey, le pregunté: “¿Darías la vida por él?”. Porque es hijo de un carlista que durante la República compuso la letra de un himno al Requeté, en el que se contiene una estrofa que dice:

Requetés, sin miedo a la campaña /desplegad la insignia de la lealtad/ y lanzando un fuerte grito “¡Viva España!” por el Rey la sangre derramad.

El mismo D. Alfonso, convencido de que no representaba nada para España y de que se familia había ocupado el Trono sin ningún derecho, dio paso a la República diciendo: “Por mí que no se derrame ni una gota de sangre”. ¡Y acertó! La sangre que por él no se derramó, se derramó por su culpa, en mucha mayor cantidad, para rescatar a España de las manos en las que la había entregado.

La consecuencia de tener unos reyes que no hacen ni hablan para no molestar a sus súbditos, es que éstos tampoco llegan a amarlos. Por eso hoy hay muchos “juancarlistas” y casi ningún monárquico. Para que un Rey sea amado por su pueblo es necesario mucho más que disponer de revistas en colores y papel “couché” que presenten de modo amable su figura y la de su familia. Así se llega a decir: “me caen bien”, cuando el corazón de cada español, o al menos de los que comprenden el papel de la monarquía, debería de estar encendido el amor hacia ellos y de su garganta salir, sin titubeos de ninguna clase, un vibrante “¡Viva el Rey!”.
 

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