FIDES CTC nº 34. 17 de diciembre de 2000. Declaración con ocasión del Gran Jubileo de 2000

FIDES CTC nº 34. 17 de diciembre de 2000. Declaración con ocasión del Gran Jubileo de 2000

Reproducimos el texto de la Declaración que publicó la CTC con ocasión del Año del Gran Jubileo en marzo de 2000:

DECLARACIÓN DE LA COMUNIÓN TRADICIONALISTA CARLISTA CON MOTIVO DEL AÑO DEL GRAN JUBILEO

“El Carlismo proclama como base substancial de su Ideario político su fe en Dios Creador, Señor y Legislador tanto de los individuos como de las sociedades; en la Realeza de Jesucristo, fundamento de toda legítima autoridad, y en la Iglesia Católica, por El fundada, única verdaera. En su consecuencia, asume el Derecho Público Cristiano integrado por el Derecho Natural, la Revelación y el Magisterio de la Iglesia, al que, bajo su exclusiva responsabilidad, ajustará sus normas de gobierno. Por ello el Carlismo, consecuente con el ideal de NADA SIN DIOS proclama que no sólo al hombre sino también a toda organización socialo política alcanza la obligación de cumplir los deberes para con Dios ycon la Religión verdadera”.    (Del Ideario de la Comunión Tradicionalista Carlista)

LA COMUNION TRADICIONALISTA CARLISTA ANTE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA,DECLARA:

La Comunión Tradicionalista Carlista quiere sumarse a la invitación dela Cátedra Romana expuesta en la Bula Incarnationis Mysterium a lasdiferentes Iglesias particulares, para acogerse también al Gran Jubileo del segundo milenio de la Encarnación del Verbo y la entrada en un nuevo milenio de gracia, y en la pauta de la Conferencia EpiscopalEspañola en el documento La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX. Quiere, pues, elevar una pública acción de gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, de quien procede todo bien en el cielo y en la tierra; quiere pedir públicamente perdón en cuanto se haya apartado de los caminos del Señor en su propia misión, esto es, en el ámbito de lo temporal, o haya velado su reconocimiento, de palabra, obra u omisión; y quiere, por fin, públicamente declarar su compromiso de fidelidad a Dios y a la Iglesia de Cristo, cuya cabeza es el Obispo de Roma y los Obispos en comunión con él.

*** 1. Señor, tú has sido refugio para nosotros de generación en generación (Salmo 90, 1).

Damos públicamente gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo porcuantos bienes nos ha concedido, de entre los que el primero es el don de la fe, de la esperanza y de la caridad, no por nuestros méritos, sino por su infinita liberalidad y misericordia.

Damos públicamente las gracias a nuestra Madre la Iglesia que nos da la verdadera fe, nos nutre en sus sacramentos y alimenta con su magisterio.

Damos públicamente las gracias por habernos concedido perseverar en el testimonio público del amor a Dios y a nuestros semejantes en el amor mayor y piedad para con la Patria España, como comunión cordial en la pluralidad de pueblos en la unidad de misión divina “conjunt de pobles units per la Providençia”, en el decir del Obispo Torras i Bages-, según la mente de la Iglesia y en conformidad con nuestra Tradición histórica.

Damos especialmente las gracias por tantos hermanos nuestros, que testimoniaron la fe al punto de no amar tanto la vida que temieran la muerte. Y en primer lugar, aquellos que sufrieron el martirio.

También damos las gracias por aquellos que lo dejaron todo para ofrendar sus vidas en años aciagos, o ya directamente en los campos de batalla, en defensa de la libertad de la fe, en defensa de la libertad del culto, en defensa de la libertad de la predicación del Evangelio, en defensa de la libertad de la conciencia y de la educación católica, en defensa de la Patria católica, y que fueron urgidos por el Amor mayor. Y así mismo, por quienes con el corazón rebosante de alegría, con independencia de la suerte habida, heridos o mutilados, con pérdidas familiares o arruinados, se reincorporaron a sus tareas cotidianas tras el deber cumplido.

Damos gracias públicamente por nuestras mujeres, cristianas plenas, que nos alimentaron en la vida natural y sobrenatural, y nos enseñaron desde su vida escondida y a sus pechos la ley de Cristo, y de cuya vida y ejemplo en la más plena abnegación, se nutrió constantemente la Comunión Tradicionalista Carlista.

Damos las gracias por tantos hijos que en el ejemplo del sacrificio de sus padres, encontraron huellas profundas para vivir cristianamente en el perdón sincero e interno, y en asumir como suyos, sin dar lugar al resentimiento, los retos de los que le precedieron.

Damos las gracias por todos aquellos que llevaron a sus ámbitos de trabajo y profesión, el testimonio público de Dios y la Patria, trabajando en la recta ordenación de las cosas temporales, en el pensamiento, en la cultura, en la prensa, en la política, en la empresa y los sindicatos. Y para los que no hay sino un silencio sepulcral. ¡Para Dios no hay héroes anónimos! Aunque desde el Amor, y por el Amor, bien hay quienes quisiéramos, Señor, ¡ser héroes anónimos incluso para Ti!.

Damos gracias públicamente a Dios por el testimonio de nuestros Reyes, los Reyes de la Corona Española, que amaron más la justicia que la iniquidad, sobrellevando el destierro y la muerte lejos de la Patria, antes que asumir la tiranía contra la conciencia cristiana del Pueblo y las plurales tradiciones políticas y jurídicas de la única Patria española.

Damos gracias por el ámbito mismo de la Comunión Tradicionalista Carlista, que se confiesa públicamente católica por sus principios, vida y fines, y asume como tarea propia en cuanto organización política, y en su incidencia social e histórica, la animación cristiana del orden temporal.

*** 2. Padre, he pecado contra el cielo y contra ti (Lucas 15, 21).

Pedimos públicamente perdón a Dios y a nuestros hermanos en cuanto por nuestras palabras, obras u omisiones hayamos contribuido o podido contribuir en mayor o menor medida a la autosuficiencia del tiempo moderno, despreciando a Dios y al prójimo;

al secularismo, por la expulsión de Dios de la comunidad política y social, y su sustitución por sucedáneos expresados como utopías sociales y políticas mundanas;

a las violencias inauditas de nuestra época, señalada bajo el signo de la guerra total y contra toda justicia;

a la miseria más repulsiva y letal de poblaciones, en la idolatría del becerro de oro y en la dinámica del consumismo y el despilfarro;

a la cultura de la muerte, que se ceba contra el más inocente: el concebido y no nacido, que busca la productividad en la eutanasia y se enriquece en la degradación de la drogadicción;

a la disolución familiar, por la legalización contraria a la ley natural y divina del divorcio, por campañas sostenidas contra la conciencia personal y cristiana, por la negación de lo más humano que es la transmisión de la vida en nuevas personas surgidas del amor de varón y mujer en unión permanente e indisoluble, ante la sociedad y Dios.

Pedimos públicamente perdón por nuestras negligencias y faltas de diligencia, por nuestras comodidades y egoísmos, por nuestros abandonos y silencios, por nuestra inacción, particularmente por cuanto no hayamos secundado el llamamiento de S.S. Pío XII en su radio-mensaje a los fieles de España con motivo del final de la guerra y victoria en la Cruzada, en perseverar y trabajar por una verdadera y auténtica recristianización de la sociedad y la comunidad política;

por nuestra tibieza en el mandato expreso señalado por S.S. Juan XXIII y S.S. Pablo VI en perseverar como pueblo en la Unidad Religiosa, consubstancial a nuestro ser patrio, guardándola como rosa preciosa;

por nuestra faltas de compromiso en la convocatoria del Concilio Vaticano II en la entrega a la consecratio mundi y afianzar la vida comunitaria conforme a la doctrina permanente de la propia Iglesia, a tenor de la cual no hay libertad sino en y desde la verdad;

por nuestra falta de respuesta en nuestro compromiso público como seglares en el llamamiento de Juan Pablo II a ¡Abrir las puertas a Cristo!, y las propuestas señaladas en su visita apostólica en 1982, por las que la identidad española es la católica y la política como servicio es el bien común cuyo primer principio es Dios conocido, amado y vivido como pueblo cristiano.

Pedimos públicamente perdón por nuestras desidias y nuestro repliegue,

nuestra falta de testimonio y presencia, nuestras faltas de apertura y de entrega en la defensa de la familia según el proyecto del Creador;

nuestras faltas para con la misma familia cristiana hoy completamente indefensa desde la ley y la manipulación sociológica;

para con la educación de los niños y los jóvenes, parte escogida de la sociedad y del Pueblo de Dios, violentados permanentemente en su conciencia;

para con los derechos de los padres y responsables, conculcados por la mentalidad estatista y antihumana, relativista y hedonista;

para con las personas humanas sacrificadas al culto del egoísmo y el materialismo en el crimen horrendo del aborto;

para con la proclamación y sostenimiento de las libertades sociales y políticas legítimas;

para con la urgencia en el trabajo por el bien común político y social en cuanto a los bienes necesarios por su condición de imprescindibles respecto de las mismas personas como miembros de la comunidad política;

por nuestra tibieza en sostener el bien de la unidad de la Patria bajando a la arena política, y en la pluralidad que la integra;

por la falta de iniciativas contra una presunta ley fundamental que no reconoce los derechos de Dios ni salvaguarda los derechos de la persona, y que tolera, permite y ampara la violación constante de la conciencia y libertad religiosa y humana, incluso desde las mismas instituciones nucleares de la comunidad política.

 *** 3. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor (Salmo 32, 12).

Los fines a los que sirve la Comunión Tradicionalista Carlista son legítimos per se al radicar en los bienes mismos de la Patria. Aunque, justamente por su condición política y social, se corresponden con el orden temporal de las cosas y sujetos a las condiciones de tiempo y lugar.

Convencida como está de que es el campo político y social la tarea en pro de dichos fines, que cifra en el lema Dios-Patria-Fueros-Rey, conoce en modo y manera suficiente tanto por su aspecto teórico como por el práctico a través de una experiencia más que milenaria, que el nacimiento y descanso, el eje y la vertebración de la comunidad política descansa en la condición naturalmente moral de la persona humana, varón y mujer, que se integra en la comunidad superior del Pueblo o de la Nación a través de la comunidad familiar y en la entrega del tiempo y en el marco del espacio, en relación siempre abierta desde las generaciones anteriores y en la entrega a las que vendrán, y en interacción con las comunidades políticas que manifiesta la gran familia humana, precisamente por ser su origen uno y su fin último igualmente uno: Dios.

Por ello, sin renunciar a lo que nos es legítimo, sostenemos que la mejor de las teorizaciones, incluso en su propia verdad y veracidad racionales, y tal y como muestran los hechos históricos, es nada en orden a la efectiva convivencia y concordia, sin reconocimiento y sujeción, hecho vida y criterio de vida, al mismo Dios, revelado en su plenitud en Jesucristo.

No se puede esperar para una comunidad política la paz si dicha comunidad política se desarrolla fuera de la Ley divina. Mucho menos puede esperarse la paz ni puede perseverarse en el bien de la unidad para nuestra Patria española fuera de la unidad espiritual. Y así, falto de alma discurre por su propia naturaleza el cuerpo a la corrupción. Sin comunión en el espíritu no hay ni cabe esperar comunidad propiamente entendida. A lo sumo queda la falsa paz; es un pueblo muerto a la vida. Lo que se pone de relieve en lo que manifiestan los mismos hechos sociales.

¿No nos da qué pensar el hecho de que España tenga el triste honor de estar entre los primeros pueblos del mundo por su ínfimo índice de natalidad?

¿No nos da qué pensar que entre pueblos que han colaborado a lo largo de su historia en empresas que rebasan todo cálculo humano no funcione sino el recelo y la acusación, la envidia y el desdén?

¿No da qué pensar que pueblos que han engendrado naciones por decenas sean incapaces de reconocerse en su propia historia?

Desterrada de hecho la Cruz, que es señal de muerte y sacrificio, pero también de resurrección y esperanza; desterrada la ley de amor del ámbito de lo público; desterrada Roma, ¿qué queda sino lo absoluto del poder y la mera fuerza humana que se despliega en su anticristianismo y antihumanismo a la par racionalista y visceral?

Todavía es dable pensar que un culto sostenido al Estado, en sus diversas fases, y a lo largo de más de ciento cincuenta años, ha dado como fruto, a través de la cancelación progresiva de la educación cristiana, y para la Patria España, esto que ha venido en reconocerse recientemente como “la tranquila apostasía” de los pueblos de Europa contra su despertar y vocación primeras en Cristo, mediante un proceso que deifica por la voluntad general el Estado, y absorbe a la par toda la vida, toda la libertad social.

Denunciamos públicamente el proceso corruptor de esta “democracia” contra lo más digno de la persona que es su conciencia. Con mayor énfasis, denunciamos este proceso corruptor que se ceba en contra de los niños y los jóvenes cristianos a los que se les priva de la fe de sus padres.

Denunciamos el atentado permanente contra la familia, y más en concreto contra el orden familiar cristiano.

Denunciamos la corrupción de la institución matrimonial con la introducción contra la misma sociedad del funesto divorcio.

Denunciamos la cultura de la muerte que se plasma en el atentado del aborto y en la falsedad mentirosa de las campañas sostenidas básicamente contra la mujer.

Denunciamos la pendiente que se abre con la eutanasia.

Denunciamos las políticas sustentadas en el odio y nutridas en el resentimiento contra la Patria, destructoras de la propia cultura y de la tradición de la tierra.

Denunciamos el terror, tantas veces “políticamente condenado”, y tantas veces justificado como medio de cambio político.

La Comunión Tradicionalista Carlista se sabe heredera de una herencia espiritual: De una forma medularmente cristiana de entender la vida, y de una proyección específica del Evangelio en las relaciones sociales y en las instituciones públicas.

La Comunión Tradicionalista Carlista considera esta herencia de Fe como su más preciado patrimonio y está y estará siempre dispuesta a hacerla operante en la dinámica social y política de la vida española.

La Comunión Tradicionalista Carlista está animada por un optimismo que tiene sus raíces en una profunda esperanza teológica.

La Comunión Tradicionalista Carlista sabe que ni por la naturaleza de los males presentes, ni por la de los bienes futuros, puede el político cristiano (ni el hombre en general) esperar de su acción humana, natural, la destrucción de ese mal y el logro de esa tesis.

La Comunión Tradicionalista Carlista confiesa colectivamente la doctrina y la fe de los Apóstoles en Jesucristo y según el magisterio de la Iglesia Católica. Se reconoce, pues, profundamente eclesial.

La Comunión Tradicionalista Carlista distingue netamente entre la acción que los cristianos aislada o asociadamente llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan en nombre de la Iglesia en comunión con sus pastores.

La acción de la Comunión Tradicionalista Carlista se desarrolla en el ámbito temporal, en donde actúa como conjunto de miembros de la comunidad política que de acuerdo con su conciencia cristiana realizan su acción asociadamente y bajo su propia responsabilidad. La Comunión Tradicionalista Carlista es y se siente Iglesia militante, aún asentada en la órbita temporal por su propia naturaleza política. Ha procurado y procurará estar en perfecta comunión con el único magisterio, antiguo y reciente, de la Iglesia.

La Comunión Tradicionalista Carlista expresa y renueva su fidelidad al Vicario de Jesucristo y al Colegio Apostólico, en la seguridad de que el magisterio progresa en la Verdad a lo largo de la historia libre de contradicciones por la gracia del Espíritu Santo.

La Comunión Tradicionalista Carlista, perseverando con total confianza en las promesas del Sagrado Corazón de Jesús, expresa su compromiso para con la Patria en la esperanza del “Reinaré”. Sí, Cristo reinará en España.

¡Señor, por la intercesión de María Santísima del Pilar, que confortó junto al Ebro a tu discípulo Santiago, nuestro padre en la Fe, consérvanos en nuestra vocación primera como pueblo, nuestra vocación cristiana engendrada en tu Amor!.

Junta de Gobierno de la Comunión Tradicionalista Carlista

Zaragoza, 9 de diciembre de 2000.
 

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