Carta abierta a Giulio Andreotti

12.03.06.  Excmo. Sr.:

En el editorial de la –Revista “30 GIORNI”, num. 12 del año 2005, hace V. E. memoria de cómo se llegó al acuerdo de fijar las fronteras entre Italia y Austria después de la II Guerra Mundial. Dice así:

“Tocar Brenner habría sido poner en circulación un motivo grave de reacción en una Italia que en la Primera Guerra Mundial pagó un durísimo precio de muertos y heridos por recuperar tierras irredentas”

Ese lenguaje no es propio de un político católico. Encaja perfectamente en el idealismo nacionalista que nos legó la Revolución Francesa, y que tantos conflictos originó en los dos últimos siglos. No procede que lo utilice quien, por católico, está obligado a superar las soflamas del nacionalismo.

No es sólido argumento el del durísimo precio que pagó Italia por recuperar unas tierras que V. E. califica. Porque también Austria puede aducir que ellos lo pagaron igualmente por mantener unidos a la comunidad germánica a los tiroleses del sur.

A cuenta de las tierras “irredentas” se ha vertido inútilmente mucha sangre. Para los alemanes y los franceses han sido alternativamente tierras irredentas Alsacia y Lorena. No hay frontera en Europa central en la que no existan comunidades nacionales que dan lugar a que los vecinos estados las consideren a la vez, tierras irredentas.

En la Europa prerrevolucionaria bajo un mismo rey convivían distintos pueblos. El imperio Austrohúngaro es un ejemplo de ello. Estoy seguro de que los italianos que dependieron de Viena hasta 1918 gozaron de más libertades bajo Francisco José que bajo Mussolini. Y que las que hoy disfrutan como súbditos de la República Italiana, no son superiores (teniendo en cuenta los tiempos) a aquellas.

Hay en Innsbruck un monumento a Andreas Hoffer en cuyo pedestal se lee, “Für Gott, den Kaiser und das Vaterland”. Los carlistas españoles tenemos por lema „Dios, Patria y Rey“. Igual que los tiroleses. Tres principios en los que se apoyaba la gobernación de los estados cristianos.

Dios: como principio del la justicia y del poder.

Patria: como la tierra en que los hombres viven y son libres con sus instituciones tradicionales.

Rey: supremo gobernante depositario de la autoridad y del poder recibido de Dios.

Un Rey cristiano sabe que su poder está limitado por la ley de Dios. Por ello es consciente de su obligación de respetar los derechos de sus súbditos, cualquiera que sea su nacionalidad o religión.

Un Presidente de República, si consigue un parlamento con mayoría absoluta, no tiene ninguna limitación en su poder y oprime a sus gobernados aunque sean de su misma lengua. En España lo estamos viendo. Nominalmente no se trata de Presidentes de República. Pero dado que el Rey es una mera figura, como si lo fueran. Hemos visto a un Presidente de Gobierno que justificaba sus arbitrariedades con el argumente de “diez millones de votos me permiten….”. Hoy mismo tenemos un gobierno que ha osado denominar matrimonio a la unión de homosexuales y que ha llegado a desterrar del registro Civil las palabras “padre” y “madre”.

La justicia y la libertad no dependen de la homogeneidad étnica de los estados. Los mismos tiroleses conmemoran como una victoria en defensa de su libertad la batalla de Isel Berg, en las afueras de Innsbruck, en la que derrotaron a los bávaros (de su misma lengua alemana) aliados de Napoleón.

Es más importante que gobierne un Rey o Presidente, conscientes de que han recibido el poder de Dios. Que ese poder es limitado. Que el mismo Dios es el autor de la sociedad sobre la cual gobiernan. Y que esa sociedad es capaz de dotarse de instituciones y normas para su buen funcionamiento. Es más importante, en una palabra, que el Gobernante sepa respetar el principio de subsidiaridad. Que no se arrogue poderes divinos y no se crea autorizado para inmiscuirse en la vida de la sociedad y reglamentarla hasta en sus más nimios detalles.

Porque cuando los tradicionalistas españoles y los tiroleses de Andreas Hoffer ponemos como primer principio a Dios, no formulamos una declaración de piedad, sino un principio político indispensable para que el poder no se convierta en absoluto.

Algo he leído sobre los afanes de los italianos por sacudir el yugo austriaco a lo largo del siglo XIX. No dudo de que tuvieran razones para ello. Pero no tengo ninguna noticia de que región alguna del norte de Italia fuera germanizada a la fuerza. Por el contrario, los nacionalistas vascos de aquí nos dicen que el Tirol del sur está siendo italianizado. Que la proporción de población italianoparlante ha crecido considerablemente mientras ha descendido la tudesca. Si es, o no, cierto; V. E. lo sabrá. Pero si es verdad, reflexione sobre lo que ello supone.

Del conjunto del artículo se desprende el interés de V E. por garantizar el respeto de los derechos de las minorías. No ha dudado en aplicar un estatuto especial para el Alto Adagio o Tirol del Sur. No ha dudado en contravenir el principio revolucionario de “Igualdad”, que aplicado con toda su crudeza suponía una injusticia para la minoría. Del mismo modo lo pone como ejemplo para Kosovo.

Y es que la libertad que la Revolución promete a los pueblos es un engaño. Termina siempre en el caos o en una tiranía, con la que se quiere poner remedio al caos. No hay más libertad, aunque tenga sus limitaciones, que la que nace de los principios de Dios, Patria y Rey.

Carlos Ibáñez Quintana.
 

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