La farsa

07.11.2005.  El tema está claro y no tiene vuelta de hoja.

1.                       España es una realidad. Lo demuestra la historia. Lo demuestran los ataques que sufre por los historiadores que sustentan la leyenda negra. Nadie denigra a lo que no ha existido ni existe. Por encima de toda elucubración ESPAÑA ES UNA REALIDAD.

2.                       Los españoles carecemos de adecuados cauces para la participación política y de barreras que nos defiendan de los abusos de los gobernantes. Necesitamos libertades. De nada nos sirve la libertad abstracta de la Constitución, si quienes gobiernan nos impiden elegir la forma como queremos educar a nuestros hijos y nos cargan de impuestos por tenerlos.

3.                       Los españoles padecemos unos gobiernos totalitarios que nos prescriben hasta los menores detalles de la vida, que impiden el funcionamiento de los cuerpos sociales, de los municipios, de las comarcas y de las regiones.

4.                       Dentro del sistema en el que vivimos estamos oprimidos por el gobierno central, por los gobiernos autonómicos y por los mismos ayuntamientos. Todos ellos manejados por los partidos políticos.

El problema no está en dilucidar si España es nación o no. O si son naciones las regiones que la forman. Ya Cervantes hablaba de “la nación vizcaína” sin pretender por ello fomentar ningún separatismo.

Partiendo de tales realidades vemos el espectáculo que se ha producido en el Parlamento como motivo del debate sobre el Estatuto catalán como una auténtica farsa. Una inútil discusión basada en la definición del término “nación”. Término que aparece en el Derecho Político hace algo más de dos siglos. Término que el mismo Zapatero reconoce que tiene varias acepciones. Pues, si de verdad, tiene varias acepciones ¿a qué perder el tiempo discutiendo sobre el mismo?

Dejando aparte la brillantez y contundencia del discurso de Rajoy y la vaciedad de los otros, el debate del día de Difuntos en el Parlamento ha constituido una inútil farsa que no debería haberse producido. Ni siquiera tiene justificación el discurso de Rajoy. “Ha defendido la unidad de España”: se nos objetará. ¿Pero es admisible que en el mismo “santuario de la soberanía nacional” haya necesidad de defender la unidad de España?

¿Que el enemigo haya podido llegar a penetrar tan profundamente en el sistema de gobierno?

Mientras los damnificados por el incendio de Guadalajara se ven abandonados, el Parlamento pierde una tarde en hacer teatro. Y el teatro es caro. Lo pagamos nosotros, mientras ellos cobran. Si la unidad de España sale incólume, no hemos adquirido nada que ya no tengamos. Si sale perjudicada, el perjuicio viene de quienes nos gobiernan.

Decididamente todo es una farsa sin sentido. Una farsa exigida por el sistema. Porque EL SISTEMA ES EL PROBLEMA.

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