Ayer y hoy de la compra de votos

12.03.08. La primera vez que votó mi padre le pagaron el voto a treinta duros. Los duros eran de plata. Se trataba de elecciones al Congreso y se disputaban el voto dos prohombres que a mi padre y a mis tíos no les decían nada. Fueron a votar los cuatro hermanos. Lo hicieron por orden de edad, uno a continuación de otro, y mi padre fue el último. El mayor de los hermanos se volvió a él y le dijo: “coge el dinero”. “¿Vosotros también cobráis?”, preguntó extrañado el agente electoral. “Igual que los demás” respondió secamente mi tío. Mi padre llevaba el mandil propio de su negocio. Lo extendió y sobre él fueron cayendo, uno tras otro, ciento veinte duros; tres kilos de plata.

No sé si esa sería la elección que recordaba pocos años después mi patrona en Bilbao. Mi patrona era paisana nuestra. Y me hablaba de unas elecciones en las que un marqués pagó generosamente los votos. Sus agentes incluso compusieron unas sencillas coplas alabando su largueza. Los votantes iban cantando: “Votaremos al marqués….”. Aquel año muchas familias necesitadas pudieron comprar y matar un cerdo que les alegró sus normalmente desprovistas mesas.

Era la consecuencia de haber instaurado el sufragio universal. Con ello dieron el voto a gente pobre, incluso indigente. Que no entendía de la política que se dilucidaba en el Congreso. Que normalmente se habría abstenido. Muchas veces he pensado si mis familiares habrían vendido su voto en unas elecciones municipales, en las que los enfrentamientos eran duros entre los dos grupos en que se dividía el pueblo. ¡Ni soñarlo! Mucho menos si recordamos que pocos años antes mi abuelo, síndico municipal, había adelantado de su bolsillo 3.000 pts para pagar a los obreros que trabajaban en la traída de aguas.

Las elecciones costaban mucho dinero a los candidatos. ¿De dónde salía el dinero? En 1918 se supo que un candidato nacionalista de Vizcaya retiró de su cuenta corriente 100.000 pts en billetes de 25. ¿Cómo se recuperaba ese dinero? Eso ya es harina de otro costal.

En la década de los sesenta habló en Bilbao José Ángel Zubiaur (¿o fue José Maria Valiente?). Hizo una acertadísima crítica del sistema liberal. Dijo que en las constituciones liberales nunca se decía nada de la compra de votos y de otras trampas que nunca faltaban  de las elecciones. Tan nunca faltaban que se podría afirmar que eran consustánciales con las mismas.

Hoy se sigue pagando por los votos aunque el dinero no llegue a los votantes. Es un cuento eso de que por medio de la elección el ciudadano expresa su voluntad libremente. Cuando tal se afirma, da la impresión que vota por una opción que ya tiene determinada. Que su decisión ha sido adoptada mediante una reflexión personal en ausencia de todo condicionamiento exterior. Así debiera de ser.

Pero así no es. Los partidos preparan cuidadosamente las campañas. No se preocupan tanto de exponer sus programas de una manera clara cuanto de “dar buena imagen”. Pare ello contratan a empresas especializadas en convencer a las masas. En seducir. En “camelar”. Estas les aconsejan sobre el modo cómo deben hablar, cómo deben vestir, cómo deben ir peinados, etc. Cuando tanta importancia tiene lo accidental es que se da muy poca a lo fundamental: a los principios que defiende el partido y al programa de gobierno. Y la gente vota. La gran mayoría impresionada por el resultado de un debate, que no deja de ser un espectáculo, que por lo que han defendido los candidatos.

Por eso las elecciones cuestan. Cuestan mucho más que cuado cada voto se pagaba en plata, al contado y los electores podían sacar el vientre de mal año matando el cerdo. Pero ese dinero se lo llevan las empresas asesoras de imagen. Al pueblo no le llegan más que promesas que generalmente no se cumplen.

Se siguen comprando los votos, como antaño. La única diferencia es que no se los pagan a los que votan.

Zortzigarrentzale

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