El día del orgullo gay

01.07.09. Los humanos somos crueles. Y manifestamos esa crueldad mofándonos de los defectos del prójimo. A veces nos referimos a un cojo como “el patachula ese”. En mi niñez circulaba una coplilla con la que a veces les molestábamos: “Todos los cojos, van a Santa Ana, yo también voy con mi pata galana”. Todos conocemos chascarrillos sobre cojos, mancos, tuertos, gibosos, etc.
fecto o una perversión. Como defecto todos hemos conocido a varones que desde niños han tenido tendencia a las formas femeninas. Bien fuera en juegos, bien fuera en manera de hablar. Los había que estaban deseando llegasen los carnavales para disfrazarse de mujeres. Todos los años. Y gastaban una verdadera fortuna en prendas de calidad. En mi pueblo había una pareja que se hizo famosa. Aunque nunca se les atribuyeron prácticas nefandas.
En otros su natural condición coincide con el vicio. Y hay un tercer grupo que sin apariencia externa, sin que la naturaleza les condicione, “entre un perito mercantil y la Brigitte Bardott, prefieren al primero”, como se decía en una comedia, hace cuarenta años.
¿Cómo han llegado a ese grado de perversión? En muchas ocasiones el abuso del sexo natural les ha llevado al hastío del mismo y buscan nuevos placeres. Dicen que eso ocurre entre los musulmanes. A San Pelayo, Santo Patrón de nuestros adolescentes, le mandó martirizar un califa cordobés por no acceder a sus deseos.
Hablamos de un defecto natural porque lo es. El hombre normal está preparado para sentir atracción por una mujer, formar con ella una familia y propagar la especie. Si no es capaz de hacerlo, algo le falta. Eso es un defecto, como la ceguera, la sordera o la cojera.
Paul Claudel se horrorizó cuando su amigo André Gide le confesó su condición de homosexual. Opinaba el primero que tal vicio está inspirado por el diablo que seduce a los hombres para que no cumplan el mandato divino de “creced y multiplicaos”.
Y algo de diabólico hay en el afán de muchos homosexuales a atraer a sus práctica a otros varones; preferentemente adolescentes.
En Intereconomía TV han emitido un programa con escenas de las últimas manifestaciones de la semana del orgullo gay. Con una oportuna pregunta, “¿Orgullo de qué? Los sordos no celebramos el “orgullo del sordo” y eso que Beethoven era de los nuestros. Ni los ciegos el suyo a pesar de contar con Homero y el maestro Rodrigo.
Las manifestaciones gays son alardes de desvergüenza. Un desafío a las personas normales que no compartimos su defecto. Un insulto a los numerosos homosexuales que lo llevan en silencio, como una desgracia, al modo que Maxence van der Meersch refleja en su novela “La Máscara de Carne”.
¿Serán verdaderos homosexuales los que se exhiben en esas diabólicas y repugnantes mascaradas. ¿No se tratará de débiles que quieren hacer alarde de progresismo, de desprecio a la naturaleza, a la moral y a Dios?
Hay motivo para prohibirlo. Los vecinos de Chueca se quejan de ruidos y suciedad  Pero se consiente y hasta se subvenciona. Porque para ello vivimos en democracia. Mejor si se dijera que eso (no nos referimos a la homosexualidad sino a sus impúdicos alardes) forma parte de la democracia. Porque a eso nos ha llevado. ¿0 no es así?
Carlos Ibáñez Quintana.

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