Firma, cobra y calla. Prisioneros de la Revolución

 

23.03.10.  En un primer momento, al reflexionar sobre la noticia de que D. Juan Carlos de Borbón ha refrendado la Ley del Aborto, es la idea que nos ha venido a la mente. Volviendo al tema, con más calma, creemos que la frase merece una matización.
D. Juan Carlos no ha tenido otra salida que firmar la ley que le han puesto por delante. Don Juan Carlos ha actuado sin ninguna libertad. Como un robot. Como un esclavo. Y es que, como toda su familia desde Dª Isabel, es prisionero de la Revolución.
Conocido es el episodio de la batalla de Lácar. En el pueblo navarro del mismo nombre, Don Alfonso de Borbón estuvo a punto de caer prisionero en manos de los carlistas. Al enterarse  su madre, comentó:”Hubiera preferido verle prisionero de Carlos, que prisionero de la Revolución, como está ahora”. Dª Isabel tenía experiencia de lo que era gobernar con liberales.
Como prisionero de la Revolución se comportó el segundo de los Alfonsos. A todos los que vivieron la efeméride, les extrañó la docilidad con que abandonó España el 14 de abril de 1931, como consecuencia de unas elecciones municipales. Ante el resultado electoral, a los republicanos de Madrid, reunidos en un local de la calle Pizarro, les arengó un dirigente y les dijo que “esta no es la victoria, pero está cerca”.
Se ha calificado de cobarde la huída a Cartagena. Y don Alfonso estaba dotado de un gran valor personal. No fue cobarde sino obediente. A través del Conde de Romanones la Revolución le dijo que tenía que marchar, y obedeció.
Cuenta Laureano López Rodó en su obra “La gran marcha hacia la Monarquía”, que Carrero Blanco se trasladó a Estoril y le dijo a Don Juan que la intención de Franco era restaurar una monarquía libre de la influencia de la Masonería y del Comunismo. Su contestación fue escueta: “eso no es posible”. La tradición familiar pesaba en él más que otra cosa.
La Revolución se presenta como la Libertad, pero hace esclavos a los hombres. Luego les compensa materialmente y les impone silencio. Es lo que Prim y los suyos prometieron a D. Carlos VII en Londres al triunfar la Gloriosa (así denominaban al la revolución de 1968) y Don Carlos no aceptó. Es lo que el Diablo propuso a Nuestro Señor en el Desierto: “Todo esto te daré….”
“Te daré…” algo les dan. Poco o mucho. Pero con la condición de obedecer y callar.
 Por más que para nosotros Don Juan Carlos está reinando sin ningún derecho, nos es imposible imaginar que ha firmado la ley de marras sin gran repugnancia. De esa firma, aunque sean un trámite simbólico, resultará el asesinato de miles, millones con el tiempo, de niños no nacidos. Pero “el que manda manda y cartucho al cañón”.
En el mismo caso que Don Juan Carlos están otras muchas personas. Se critica, con razón, la inconsecuencia de Bono, que ha votado a favor a pesar de que se confiesa católico practicante. Más allá de su traición, pensemos que no ha podido cometerla sin repugnancia. Tiene que estar sufriendo, como sufrió Judas después de la suya.
Juan José Aspuru (q.e.p.d.) Senador que fue por el PNV, compañero nuestro de curso, nos dijo en cierta ocasión que Iñaki Anasagasti era un ferviente defensor de la familia y contrario al aborto. Ahora también ha votado a favor de la inicua Ley.
“Firma, cobra y calla”. Sobre todo “calla”. Que nadie sepa de sus remordimientos. Que parezca que obran libremente. Así se mantendrá la ficción de que la Revolución nos ha traído la libertad. Cuando la triste realidad es que nos ha hecho esclavos.
Carlos Ibáñez Quintana.

 

P.D.: Como políticos combatimos a los que “firman, cobran y callan”. Pero como cristianos estamos obligados a pedir por ellos. Seguro que está sufriendo. Y mucho.

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