Carta abierta a D. Alfredo Dagnino

jueves 15 de diciembre del 2011. A pesar de haber transcurrido unos meses desde que se escribió el artículo inicial que da pie a esta carta abierta, lo publicamos en la web por su interés:

Muy Señor mío.
Me refiero al artículo que Vd. ha publicado en La Gaceta de los Negocios sobre “Un proyecto de Regeneración”. Al parecer es el primero de una serie que Vd. tiene preparada. El que hoy me ocupa ha aparecido en el número correspondiente al 29 de mayo de 2011.
El apartado número dos de mismo lo ha titulado “La Reconciliación Amenazada”. Copio unos párrafos: “La Iglesia Católica…., iluminada por el Concilio Vaticano II  en estrecha comunicación con la Santa Sede, superando cualquier añoranza del pasado, colaboró decididamente para hacer posible la democracia…….esta decidida actitud de la Iglesia y de los católicos contribuyó y facilitó una Transición fundada sobre el espíritu de concordia y reconciliación entre los españoles. Perdón reconciliación, paz y convivencia fueron los grandes valores que la Iglesia proclamó y que la mayoría de los católicos y de los españoles en general vivieron intensamente en aquellos momentos”.

La Iglesia venía proclamando el perdón, la reconciliación y la paz desde los mismos tiempos de la contienda. Mucho antes del Concilio Vaticano II. Para comprobarlo basta leer los documentos episcopales de la época. Incluso la Carta Colectiva, que se limitó a decir la verdad y a defender a los seglares católicos que se habían visto obligados a tomar las armas para defender su Fe. Defenderlos, sí. Y fundamentalmente de los ataques que sufrían por parte de ciertos “católicos oficiales” que insensibles a los sufrimientos de sus hermanos españoles, salieron en defensa de sus verdugos.

Para mis siete años, el “perdón, reconciliación, paz y convivencia” comenzó cuando mi madre sentó a nuestra mesa durante varios meses, al hijo de un “gudari” del Batallón Araba que estaba prisionero de guerra. Meses antes mi madre estuvo a punto de ser fusilada en Las Arenas (Vizcaya) por unos milicianos del Batallón Leandro Carro, comunista. Los comunistas habían sido advertidos de la presencia de mi madre por un “gudari” del Araba. El crimen de mi madre era que mi hermano mayor se había pasado a las filas nacionales. Mi madre conocía la fuente de la delación. Y trajo a un hijo de un compañero del delator a comer con nosotros.

Mi madre no formaba parte de la Jerarquía que firmaba pastorales. Pero mi madre era parte de la IGLESIA. Actuaba por lo que había aprendido en su niñez en el Catecismo que le enseñaba la IGLESIA. Y era animada por los consejos que recibía del confesor en la IGLESIA.

Para cuando llegó la transición, el “perdón, reconciliación, paz y convivencia” habían sido alcanzados por el común de los españoles. A demostrarlo dediqué un librito con mis experiencias personales. Los que ni perdonaban, ni se habían reconciliado ni querían la paz y la convivencia, eran un reducido grupo de políticos a los que la Transición les abrió la puerta para que volvieran a sembrar los odios entre los españoles.

“La Iglesia católica colaboró decididamente para hacer posible la democracia”. Achaque de los “católicos oficiales” ha sido siempre el creer que ellos, y solo ellos, son la Iglesia. A la Iglesia no le correspondía colaborar para hacer posible la democracia. No es esa su misión. Cierto es que la prensa oficialmente católica y muchos obispos, capitaneados por el Cardenal Tarancón, se pusieron  a favor de la democracia que venía. Actuaron como caciques políticos. Asumieron una autoridad en temas temporales, que no les correspondía, para llevarnos a una situación en la que la Iglesia no tiene derecho no a propagar libremente su doctrina.

Pero no todos los obispos se mostraron favorables a la Constitución. El Cardenal de Toledo secundado por unos pocos más, la criticaron desde el punto de vista de la doctrina católica. Y daba la casualidad que en Toledo había un seminario lleno de estudiantes, algunos de los cuales ocupan hoy sedes episcopales. Mientras los seminarios de los que apoyaban la Constitución estaban vacíos. Lo mismo ocurría en los seminarios de los otros obispos que secundaron a Don Marcelo.

De entre los seglares, muchos nos opusimos a la Constitución. No se nos notó. Éramos pocos y no disponíamos de medios de comunicación. Pero nos opusimos. Y también formábamos parte de la Iglesia. Los carlistas publicamos una pormenorizada crítica a la nueva ley fundamental. Los males que en ella anunciábamos son lo que Vd. denuncia ahora y le llevan a publicar esos trabajos que denomina “Un proyecto de Regeneración”. No diré que acertamos, sino que previmos. Teníamos más de un siglo de experiencia política y habíamos aprendido que es absurdo poner tronos a los principios y cadalsos a las consecuencias.

Apostilla Vd. en su escrito: esa Iglesia considerada hoy por algunos “un auténtico peligro para la democracia”. Hoy y siempre. Y por los mismos. Porque es verdad que la Iglesia, con su doctrina de liberación, es incompatible con eso que ellos llaman democracia y que no es más que el manto con que se cubre la tiranía. A esos que Vd. menciona, les abrieron incautamente la puerta quienes trajeron el sistema actual.

Todos los españoles queremos una regeneración. Pero no hay regeneración posible mientras nos domine la Constitución de la Transición. Copiando al Ortega y Gasset de los años treinta tenemos que decir hoy “delenda est democratia”. No se trata de suprimir de golpe lo que tenemos para instaurar algo que no sabemos y que luego tengamos que decir, como el intelectual republicano, “no es eso, no es eso”.

Un proyecto de regeneración es hoy muy difícil. Porque el sistema actual no sólo ha pervertido las instituciones sino la misma sociedad. Sin embargo tenemos que empeñarnos en ello. Mucho tenemos que hacer los católicos en esta regeneración. Pero para ellos nos tenemos que liberarnos de los errores que en 1975 llevaron a una parte de los nuestros, los más influyentes, a colaborar en la instauración de un régimen que hoy nos vemos en la necesidad de regenerar.
 

Atentamente: Zortzigarrentzale.  

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