Ha fallecido Eloy Landaluce

01.10.09. Ha fallecido en la madrugada del 17 al 18 de septiembre a los 96 años de edad nuestro querido correligionario Eloy Landaluce Montalbán, excombatiene y colaborador de la Comunión Tradicionalista Carlista. Autor de varias novelas, publicó hasta sus últimos días el boletín carlista “Lealtad”.

El entierro es el sábado, 19 de septiembre, en Orduña.  El funeral es el 24 de septiembre, a las 20:30 h, en la Parroquia de San Juan Bautista de Madrid (Calle Faustina Peñalver, 1; 28043, Madrid).

Insertamos a continuación unas líneas en su memoria.  

ELOY LANDALUCE MONTALBÁN (Q.E.P.D.)

    Me lo contaba mi padre. Tenía él doce años (en 1904) cuando se celebró una magna peregrinación de Vizcaya al Santuario de Begoña. Concluido el acto en el Santuario, volvían los peregrinos orduñeses a la estación de Abando, cuando fueron amenazados por un grupo de anticlericales. Mi padre cargaba con uno de los ciriales que escoltaban al estandarte de los terciarios franciscanos. Cuando el portador de éste se apercibió de la cercanía amenazante de los revoltosos, desenroscando el varal lo dividió en dos trozos, esgrimiendo el correspondiente a la parte inferior a guisa de porra, en previsión de una agresión. Hombre ardoroso y de genio, no se conformaba con la huida. Se trataba del padre de Eloy, cuyo nombre no me es posible indicar ya que, al relatar la historia, mi padre se refería a él por el apodo de “Cagarrayos”. Suficientemente significativo.

    Nació  Eloy en una familia carlista. Su abuelo había sido ayudante del General Marqués de Valdespina durante el sitio de Bilbao. Su hermano mayor penetró en el “batzoki” el día en que lo inauguraban. Se hizo paso entre los asistentes, llegó al balcón y arrojó sobre la bandera la gasolina que llevaba en un bote de conservas. Luego acercó una llama. Se armó la gorda. Abandonó el local sin que nadie se atreviera a vengar la ofensa recibida.

    Gran tipo José Landaluce. Precursor de la práctica del parapente, diseñó y construyó un avión, en compañía de otro carlista apellidado Cereijo, aficionado a la mecánica. El avión tenía que mantenerse en el aire por la fuerza del viento, como los buitres, cuyo vuelo había observado durante largas horas José. Situaron el avión en un alto, próximo a un cortado, ocuparon sus asientos ambos amigos, salió la ráfaga de viento. “¡Ahora!” dijo José y un tercero lo empujó al vacío. Un nogal sobre el que cayeron evitó desgracias mayores.

    En julio de 1936 José vivía en el Valle de Mena. Comarca de arraigo liberal desde 1833. Los jóvenes antirrepublicanos se habían integrado en Falange. A su frente se puso José. Remontaron la Sierra Salvada, ocuparon el puerto de “El Cabrio” y frenaron a las milicias rojas procedentes de Bilbao.

    La familia de Eloy hubo de trasladarse a Barcelona. Allí otro hermano se integró en el requeté y falleció en un encuentro con anarquistas.

    Se quedó en Orduña Eloy al cuidado de su tío paterno Martín (Martinico). Con la llegada de la República se abrió el Círculo Jaimista. Eloy, consciente de la importancia que tenía el deporte, se encargó de alquilar un terreno a un labrador (por cien pesetas al año) y arreglarlo como campo de fútbol. Años después me decía otro amigo carlista que, llegado el alzamiento, todos los componentes del equipo se pasaron a Vitoria para incorporarse al requeté.

    Recuerdo a Eloy organizando equipos, convenientemente ataviados, y arbitrando los partidos.

    Cuando se organizó el requeté, antes de la guerra, Eloy figuró  en el mismo con el grado de sargento.

    Llego el Alzamiento. Los requetés de Orduña estaban integrados en la organización de Álava. No habían recibido los fusiles prometidos. Y la Guardia Civil se puso de parte del Gobierno.

    Eloy y Serafín Fernández de Aguirre (que ganaría la Medalla Militar Individual en el Ebro) paseaban al atardecer del 19 de julio con sus respectivas novias. Ambos eran sargentos en la organización. El paseo era una tapadera. Esperaban órdenes y ambos ocultaban sendas pistolas en sus bolsillos. Llegó una pareja de la Guardia Civil y se dirigió a Eloy. Le buscaban porque Eloy, empleado en una cantera de yeso, guardaba las llaves del polvorín donde se almacenaba la dinamita. Hubo de entregarlas. Del explosivo se hicieron cargo los de la Agrupación Republicana. No paso nada más.

    El Jefe del grupo (Juan Vildósola, con graduación de Alférez y cincuenta años) envió a tres requetés a Vitoria a recibir órdenes. José Mari Lecanda salió de Orduña por un camino. Eloy Landaluce y José Mari Huertos (aún vive y ha asistido al funeral de Eloy) por otro. Se juntaron en Izarra, a 25 km. de Vitoria. Allí se encontraron con unos falangistas uniformados y armados. Disponían de coche y les llevaron a Vitoria. En Vitoria recibieron la orden de concentrarse en todos en la capital.

    Eloy y Huertos volvieron a Orduña. Se dirigieron a la huerta donde estaba el tío “Martinico” y le encargaron que transmitiera la orden a Vildósola. Ellos volvieron a Vitoria y se incorporaron a las primeras unidades de requetés que se organizaron y salieron para Somosierra.

    Pasados los primeros combates, se estabilizó el frente que siguió  tranquilo el resto de la contienda. Las compañías alavesas de requetés se integraron en el Tercio de Nª. Sª. de Estíbaliz. Allí siguió Eloy hasta el fin de la guerra.

    Por amigos que se pasaron de Orduña le llegó la dura noticia de que “Martinico”, había sido fusilado una noche en las tapias del cementerio. Fue algo vergonzoso. Estaba enfermo con fiebre y lo sacaron de la cama para llevarle al sacrificio. Eloy quedó muy afectado. Años después me contaba que llegó a pensar en presentarse en Orduña y desafiar a los asesinos. “Menos mal que el Señor no consintió que pudiera poner en práctica los planes que llegué a formar; así tengo menos de qué arrepentirme”.

    Terminada la guerra y vuelto a Orduña, intentó reorganizar los pelayos. Al menos así me lo dijeron a mí. Pero no fue posible. Tampoco se pudo mantener abierto el Círculo. La Unificación exigía que se llamase “Casa de España”. Los oficiales de la guarnición pretendieron hacerse socios para organizar bailes. De los socios de antes de la guerra unos habían muerto y otros se trasladaron al área de Bilbao en busca de trabajo. No había cuotas suficientes y el centro hubo de ser cerrado. Eloy padeció todos estos contratiempos.

    A mediados de la década de los cuarenta, Eloy con toda su familia (Esposa, hijos, padres y hermanos) emigraron a Venezuela donde montaron una empresa de calzado. Desde Venezuela escribía a Orduña preguntando por la situación del Carlismo. Regresó en 1956 y contactó conmigo. No pudimos entendernos. Lo impidió la diferente postura que habíamos adoptado ante la división de los carlistas.

    Ignoro por tanto sus actividades políticas durante largos años. Escribía cartas a los periódicos y revistas, defendiendo al Carlismo. Escribió algunos libros y folletos relacionados con la cuestión social, tema que le tenía muy sensibilizado, a causa de la atracción que sobre los trabajadores ejercía el socialismo. Se indignaba ante las mentiras de la ideología marxista que promete un paraíso y no da más que esclavitud.

    Su obra más conocida fue “El Capitán Aldama. Del Seminario a la Guerrilla”. Novela de aventuras en la que, basándose en relatos recibidos oralmente, refleja los inicios del levantamiento carlistas de 1833 en la comarca de Orduña y sus alrededores.

    Volvimos a encontrarnos, esta vez entendiéndonos, en la conmemoración del sesquicentenario del levantamiento carlista de 1833, que se celebró en Talavera de la Reina, organizado por el Círculo General Zumalacárregui. A partir de entonces nuestros contactos se refirieron a la reorganización de la CTC, que tantas dificultades hubo de sortear. No era de extrañar dados los muchos años en que cada grupo había andado a su aire.

    Con gran sacrificio económico sacaba el boletín “Lealtad”, del que publicó varias decenas de números. Llegó un momento en que pidió autorización a la Junta de Gobierno para presentar el boletín como una publicación sometida a la disciplina de la CTC. Se le concedió con gusto, en consideración a su entusiasmo y lealtad. Comenzó a asistir a los actos de la CTC. Pero los años pesaban mucho: uno de sus hijos le traía en coche y se retiraba al poco tiempo.

    Al amanecer del 18 de septiembre falleció a los 96 años de edad. El Señor le habrá concedido el premio eterno. Descanse en paz.

    Carlos Ibáñez Quintana.
 
 

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