Por la libertad. Nada sin Dios

19.01.2010. Han pasado muchos años. Eran los tiempos del Proceso de Burgos, cuando el franquismo declinaba. Coincidimos, entre clase y clase, en la sala de profesores. Uno de ellos se explayaba contra el Régimen. Se trataba de un antiguo Alférez Provisional, que había cambiado de campo años antes, despechado porque no había sido elegido como Presidente de la Hermandad de Vizcaya.
Yo escuchaba en silencio. Llegó un momento en que hizo una profesión de fe liberal y terminó: “porque en esto estamos todos de acuerdo, ¿o no?”. Aquello me sacó de mi mutismo: “Yo no”.
    “¿Te atreves a discrepar de la manera con que hoy piensa el noventa por ciento de la Europa civilizada?”
    “¿De qué me serviría esa libertad que has proclamado si no pudiera discrepar?”
    Se quedó sin respuesta.
    Es un ejemplo de que no puede existir esa libertad, abstracta y con “L” mayúscula con que peroran los liberales. La libertad tiene que tener unos límites. El mismo que la exaltaba como algo absoluto, nos estaba poniendo un límite. Un límite falso que se deshizo con una simple pregunta.
    Creo que es de Chesterton el símil de que cuando se está junto a un precipicio, la gente se mueve más tranquila y con más libertad, si en el borde del mismo hay una barrera. Esa barrera es la mejor defensa de nuestra libertad. Por afirmarnos en esa convicción, un personaje católico nos ha llegado a acusar a los carlistas de “amantes de la verdad pero enemigos de la libertad”. Parece mentira que no se de cuenta que la verdadera defensa de la libertad está en la barrera que supone la verdad.
    Todos ponemos límites a la libertad. Mejor dicho: los carlistas no los ponemos; reconocemos que existen porque es Dios quien los ha puesto.
    Los liberales no admiten tales límites. Pero tienen que terminar poniendo unos. Los ponen. Y los ponen de acuerdo con su capricho. De modo que si Dios ha prohibido matar, fornicar, robar y mentir, los que no creen en Dios nos prohíben, educar a nuestros hijos, obrar de acuerdo con nuestra conciencia, disponer de los bienes logrados con nuestro trabajo, y hasta fumar. Son más onerosas, atentan más contra nuestra libertad las prohibiciones de quienes no creen en Dios. Y tiene que ser así: los mandatos de Dios han sido dados para nuestro bien, Los de esos hombres  se dan para satisfacer su afán de dominio.
    Cuando se desmontaba el estado católico, en vigor en España hasta 1975, se esgrimían multitud de argumentos para justificar lo que nos traían. Los más sonoros surgían de medios que se confesaban católicos. Que si Maritain, que si el Concilio Vaticano II, que si hay que acabar con la alianza del trono y el altar, que si un estado aconfesional pero no laicista. Nos abrumaban con su palabrería. Del Carlismo salió la respuesta en pocas palabras:” ¡Nada sin Dios!”.
    Comprendíamos que la realidad social había evolucionado. Que los derechos de los no católicos tenían que ser respetados. Que aquellas relaciones Iglesia- Estado no eran las mejores. En una palabra: había que hacer cambios. Los admitíamos; pero de manera que Dios siguiera presente en la vida social y la vida política. “¡Nada sin Dios!”
    Con ese lema y con la bandera española como fondo se colocaron “posters” y se repartieron pegatinas que lograron gran aceptación, que luego fueron reproducidas por otros grupos políticos.
    Han pasado treinta años. Nos hemos tenido que tragar el condumio que supone la Constitución de 78. Y España, alejada a la fuerza de Dios, con la complicidad de muchos católicos piadosos, se debate hoy al borde de su desaparición. De las mismas filas de quienes defienden el sistema surgen los peores augurios.
    De nuestro viejo baúl, donde guardamos las verdades que no tienen fecha de caducidad, sacamos los carlistas el lema que ofrecemos a todos los españoles de buena voluntad. Lo hacemos en forma de calendario de bolsillo.
    ¡POR LA LIBERTAD! ¡NADA SIN DIOS!
    Carlos Ibáñez Quintana.

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